En la misa central de la fiesta patronal de San Agustín, patrono de Emboscada, el obispo de la diócesis de Caacupé instó a los fieles a fortalecer la fe, compartir los dones recibidos y mantenerse vigilantes ante las “ofertas” que, según advirtió, pueden alejarlos de Dios. También llamó a practicar la caridad y el amor al prójimo.
EMBOSCADA (Especial) – En el marco de la fiesta patronal de San Agustín, el obispo de la diócesis de Caacupé, monseñor Ricardo Valenzuela, presidió este viernes 28 de agosto la misa central en honor al santo patrono de la ciudad de Emboscada, departamento de Cordillera. Durante su homilía, reflexionó sobre la fe, el servicio al prójimo y los peligros que pueden desviar a las personas del camino cristiano.
La celebración tuvo como lema “El bien común” y como tema central la frase del Evangelio: “Denles ustedes de comer”, a partir de la cual Valenzuela exhortó a los fieles a compartir no solamente los bienes materiales, sino también los dones, talentos y virtudes que cada persona recibió.

“Tenemos que dar más, tenemos que compartir más, empezar por lo esencial: la comida. ‘Denles ustedes de comer’”, expresó el obispo. Señaló que, aunque muchas personas quizás no tengan posibilidades económicas para alimentar a otros, sí poseen otros bienes que pueden ofrecer gratuitamente.
En ese sentido, mencionó la bondad, la amabilidad, la mansedumbre, la afabilidad, el cariño, la alegría y el respeto. También instó a los fieles a ejercer el dominio de sí mismos.
“Cuántas gentes están esperando un poquito de tu bondad; cuántas gentes esperan un poquito de tu amabilidad; cuántas gentes esperan un poquito de afecto, de tu cariño; cuántas gentes están esperando un poquito de alegría”, manifestó.

La lámpara de la fe
Uno de los ejes de la homilía fue la imagen de la lámpara de la fe. Valenzuela explicó que cada persona posee una “luz particular” que Dios le ha dado mediante sus cualidades, talentos y virtudes.
“A cada uno Dios dejó una luz particular. Una luz que le hace ser él mismo, tu cualidad, tu talento, tu virtud”, sostuvo.
Sin embargo, advirtió que las personas pueden utilizar esos dones de manera equivocada, esconderlos o incluso rechazar la gracia recibida.
Según explicó, la lámpara del alma necesita el “aceite” de la fe para iluminar el camino y también a quienes están alrededor. Para ello, remarcó la importancia de alimentar la vida espiritual mediante la oración, la lectura de la Biblia y los sacramentos, especialmente la confesión y la participación activa en la misa.
“Si una planta no se riega, se seca; una persona que no come, se muere; una persona que no recibe el riego de la oración, también se vuelve raquítico y se muere su vida espiritual”, comparó.


Advirtió sobre las “ofertas” que alejan de Dios
En otro momento, el obispo habló de los que considera “enemigos” de la fe y señaló al consumismo, el relativismo, la pereza, la desidia y el pecado de omisión, además de las ideologías que, según afirmó, son contrarias a la ley de Dios.
También cuestionó las numerosas propuestas que prometen felicidad y satisfacción inmediata.
“Hay vientos en el mundo que quieren apagar la lámpara de nuestra fe, como por ejemplo el consumismo, las variadas ofertas que hay en el mundo, para comprar dicha y felicidad, que constituye una gran mentira”, afirmó.
Fue entonces cuando lanzó una de las advertencias más contundentes de su homilía:
“Después están los carruseles de los placeres (calesitas de los placeres). ¿Cuántas ofertas escuchamos y a cuántos ya le costó la vida andar por mal camino a causa de los placeres? Voces de sirena, ndembojure he’e, ha erovianteko, ha ejeestafá. Te estafan la fe, te estafan los bolsillos también”.
Valenzuela también mencionó el egoísmo y la soberbia como otros de los “vientos” que amenazan con apagar la fe.

“Una fe que no ilumina es una fe muerta”
El obispo insistió en que la fe no debe limitarse a una práctica personal, sino que debe reflejarse en las acciones cotidianas y, especialmente, en la caridad.
“Tenemos que compartir también nuestra luz de la fe a nuestro alrededor, especialmente a nuestros hermanos que están necesitados de nuestro testimonio de fe, en nuestra propia casa”, manifestó.
Instó a llevar ese testimonio al hogar, la parroquia, el trabajo, la comunidad y los grupos de amigos.
“La fe que no ilumina con el testimonio de la caridad es una fe muerta”, advirtió.
Valenzuela relacionó además su mensaje con la parábola de las diez jóvenes que aguardaban la llegada del esposo, lectura proclamada durante la celebración, y destacó la importancia de permanecer vigilantes y preparados para el encuentro definitivo con Dios.
“¿Cómo prepararnos para este encuentro?”, preguntó a los numerosos fieles y devotos de San Agustín. Su respuesta fue mantener encendida la lámpara de la fe, alimentada por el amor y acompañada por el testimonio.
“La lámpara de nuestra fe tiene que resplandecer a nuestro alrededor mediante la caridad. Ser cristiano y ser cristiana con luz, iluminemos a nuestro alrededor, a nuestra familia, a nuestro hogar, la parroquia, la facultad, las calles”, exhortó.

El ejemplo de San Agustín y Santa Mónica
En el tramo final de su homilía, monseñor Valenzuela pidió la protección de María, a quien llamó “la madre de la Luz” (refiriéndose a Cristo), y animó a los fieles a acercarse cada vez más a Jesús.
También recordó la transformación de San Agustín y el papel fundamental que tuvo su madre, Santa Mónica, mediante la oración.
“Jesús nos va reconocer por las obras de caridad, acciones buenas, y si tienen amor los unos a los otros”, expresó.
Finalmente, planteó a los presentes el desafío de comenzar inmediatamente a poner en práctica el mensaje de la celebración.
“¿De dónde y cuánto comenzar?”, preguntó. Y respondió: “Ahora, desde este momento”.

Como cierre, recordó una conocida frase atribuida a San Agustín: “Cuando una madre se arrodilla en oración, un hijo se levanta”, en referencia a la perseverancia de Santa Mónica, cuya oración acompañó la conversión de su hijo, quien posteriormente se convirtió en sacerdote, obispo, doctor de la Iglesia y santo.
Así, en la fiesta patronal de Emboscada, el mensaje central de Valenzuela giró en torno a una invitación concreta: mantener encendida la lámpara de la fe, compartir los dones recibidos y convertir la creencia en acciones de amor y caridad hacia los demás.