Un gomero con local propio y 17 años de antigüedad sobre la ruta Luque-San Ber, afectado por la construcción de la autopista elevada, pide una justa indemnización a la empresa Sustentar, recurso con el cual idea adquirir otro terreno o armar su nuevo taller en una porción que le quedaría en el fondo de su propiedad. “Tengo buena onda con los funcionarios de esta empresa, solo quiero una indemnización justa para seguir con mi pan de cada día”, expresó al periódico Luque al Día.
Nota (2) – Sebastián Jara Figueredo / Entre los muchos afectados por el proyecto del superviaducto se encuentra Agustín Pereira, un profesional de la gomería muy conocido en la zona de Cañada Garay, Luque, uno de los territorios afectados por la megaobra que el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) proyecta sobre la ciudad de Luque, desde la zona del Hotel Bourbon y la Conmebol, sobre la autopista Ñu Guasu, hasta las inmediaciones del desvío a Yuquyry, compañía Cañada Garay.
Pereira tiene su taller desde hace 17 años en un terreno de 27 metros de largo y 12 metros de ancho, al lado de una conocida comercializadora de hierro, sobre la ruta Luque-San Ber. De acuerdo con los datos que le dio la firma Sustentar, encargada de levantar los datos de los afectados y de las indemnizaciones, la construcción de la autopista elevada afectará gran parte de su propiedad, sobrando una porción de 13 x 12 metros en el fondo del inmueble.

Con 30 años de residencia en la zona y 61 años de edad, Pereira tiene claro el panorama y la situación en la cual se encuentra a causa de la modernización de la sociedad. Cuando mudó su taller a la zona, hace 17 años, no había tantos vehículos como ahora sobre la ruta Luque-San Ber. Por ello, entiende la necesidad que hay de agilizar el tránsito, pero él necesita preservar su marca y el local de su taller en la zona de Cañada Garay, en cuyas adyacencias vive casi la totalidad de sus clientes.


El servicio de gomería, tanto para vehículos de cuatro ruedas como para motos, es una profesión que don Agustín Pereira abrazó desde hace 35 años, luego de ser chofer por un tiempo en la Línea 36, en cuyo taller empezó a interesarse por la reparación de ruedas y desde aquella vez se quedó con el oficio, sin hacer pausa.
A su taller llegan motociclistas y automovilistas desde Mora Cué, la misma zona de Cañada Garay —extensa en dimensión—, Yuquyry, Marín Ka’aguy y San Isidro de Maramburé. Para él no hay sábado ni domingo, porque desde el viernes y durante el fin de semana tiene más clientes que en los demás días de la semana.

Llave comercial
Teniendo en cuenta el valor de la llave comercial, como se estila decir en la jerga del libre mercado, para don Agustín este tema resulta relevante. “Quiero una indemnización justa para seguir con mi pan de cada día, porque si mudo mi taller a otra zona, voy a perder gran parte de mis clientes”, afirma durante una conversación amena con Luque al Día.
Sin embargo, don Agustín pasa sus días en incertidumbre, porque desde septiembre del año pasado —casi un año atrás— ya no le visitan los funcionarios de Sustentar. Aquella vez midieron su propiedad y se llevaron todos los datos del inmueble, incluida una foto del título de la propiedad, que está en poder de la empresa, en la carpeta que le fue asignada como “beneficiario” del proyecto del superviaducto.

Don Agustín necesita tener noticias de su “caso” para proyectar su futuro inmediato, sobre todo para saber si va a quedarse en el lugar o mudarse. La idea de montar un nuevo taller en el fondo de su inmueble, en esa porción de 13 x 12 metros que supuestamente quedaría libre, sería la alternativa más válida, tanto para él como para Rutas del Este, la empresa adjudicada por el Gobierno nacional para la construcción del superviaducto.
Aun con esa alternativa, don Agustín tendría que sacrificar completamente la construcción de su taller y comenzar con una nueva en el fondo de su inmueble, con nuevas instalaciones eléctricas. En cualquiera de los casos, necesitaría una buena y justa indemnización que incluya el valor de su propiedad y el valor de las mejoras que fueron introducidas a lo largo de los 17 años en el lugar.


Entre esperanza, dudas e ilusión, don Agustín recuerda aquella vez que llegaron los funcionarios de Sustentar para medir su propiedad, cuando también quitaron el árbol del frente del taller, debajo del cual había habilitado un lugar de descanso con asientos incluidos, donde la gente, al pasar, tomaba su tereré y hasta se quedaba para ingerir su almuerzo, y que fue destruido sin necesidad, porque hasta ahora sigue esperando las obras del superviaducto y las indemnizaciones que le corresponden.