Estuvo preso 22 meses siendo inocente, sobrevivió en la cárcel y ahora el Estado paraguayo deberá indemnizarlo con más de G. 221 millones, más una suma de dinero en concepto de intereses.
Marcelo Manuel Romero tenía una vida sencilla en el barrio Republicano de Asunción. Peluquero de profesión, de familia humilde y con escasos recursos, pasaba sus días trabajando entre máquinas de cortar cabello, espejos y clientes de barrio. Nunca imaginó que terminaría encerrado durante casi dos años por un crimen que —según se comprobó después— no cometió.
La historia del hombre de 33 años hoy vuelve a sacudir al sistema judicial paraguayo. Tras una larga batalla judicial, el Estado fue condenado a pagarle G. 221.807.288, más intereses, por haberlo mantenido preso de manera injusta durante 22 meses en una causa por robo agravado.
Lo más impactante del caso es que, cuando ocurrió el hecho por el cual fue acusado, Romero ni siquiera estaba en Paraguay.

Acusado estando en otro país
Según consta en la demanda, el peluquero se encontraba en Argentina cuando vio en canales de televisión y medios de prensa que aparecía involucrado en un asalto ocurrido en el año 2012.
Pese a que aseguraba ser inocente y que jamás estuvo en el lugar del hecho, la orden de captura ya pesaba sobre él.
“Mi familia es de escasos recursos y todos los abogados coincidían en que solamente presentándome podía demostrar mi inocencia”, relató Romero en su acción judicial.
Años después, decidió regresar al país para enfrentar el proceso y probar que nada tenía que ver con el robo. Sin embargo, apenas se presentó ante las autoridades, terminó en prisión preventiva por disposición del Juzgado Penal de Garantías, mediante el Auto Interlocutorio N.º 295 del 24 de abril de 2019.


Preso sin pruebas contundentes
Romero sostuvo que en su contra prácticamente solo existía un parte policial y que la propia víctima ni siquiera pudo reconocerlo correctamente.
Aun así, pasó 664 días encerrado.
Durante ese tiempo, aseguró haber vivido hambre, frío, miedo y violencia dentro de las penitenciarías paraguayas, donde —según denunció— procesados y condenados convivían sin ningún tipo de separación.
“Sobreviví y salí en libertad recién ante un Tribunal de Sentencia”, expresó.
El caso dio un giro inesperado el 8 de febrero de 2021, cuando, al inicio del juicio oral, la entonces fiscal Natalia Cacavelos retiró la acusación y solicitó el sobreseimiento definitivo del procesado.
El Tribunal de Sentencia, integrado por los magistrados Víctor Hugo Alfieri, Darío Báez Ferreira y María Luz Martínez Vázquez, aceptó el pedido y ordenó su inmediata libertad.

La demanda contra el Estado
Luego de recuperar su libertad, Romero promovió una demanda civil contra el Estado paraguayo por daños y perjuicios.
Reclamó indemnización por lucro cesante, daño moral y psicológico, argumentando que la prisión destruyó parte de su proyecto de vida.
La causa quedó a cargo de la jueza Rossana Elizabeth Frutos Olguín, del Juzgado de Primera Instancia en lo Civil y Comercial del 15º Turno.
La magistrada concluyó que existió un error judicial y que hubo una privación ilegítima de libertad, razón por la cual condenó al Estado paraguayo a pagar:
G. 71.807.288 por los 664 días que estuvo preso.
G. 150 millones por daño moral.
La suma total alcanza G. 221.807.288, más un interés mensual del 2,4% desde noviembre de 2022, fecha en que se promovió la demanda.

“Si hubiera tenido dinero, quizá no iba preso”
Uno de los puntos más duros del relato de Romero apunta directamente a la desigualdad social dentro del sistema judicial.
El peluquero afirmó que, por su condición económica, nunca tuvo posibilidades reales de acceder a mejores herramientas de defensa.
“Si no fuera de escasos recursos económicos, tengo la certeza de que por lo menos me hubieran dado medidas”, sostuvo en su demanda.
Su historia deja nuevamente bajo cuestionamiento el uso de la prisión preventiva en Paraguay y expone cómo una persona humilde terminó perdiendo casi dos años de su vida pese a que ni siquiera estaba en el país cuando ocurrió el hecho que le atribuyeron.