EDITORIAL / Algo grande: el problema de las drogas en América

El caso de Venezuela —que habría sido utilizado como pretexto para una acción militar que derivó en la captura del mandatario Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores— volvió a poner en el centro del debate un flagelo que desde hace décadas atraviesa al continente americano: la producción, el tráfico y el consumo de drogas. No se trata de una crisis circunstancial ni de un fenómeno aislado, sino de un problema estructural, transnacional y persistente, sin soluciones simples ni inmediatas.

(Martes 6 de Enero 2026) – Las cifras confirman la magnitud del desafío. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), alrededor de 316 millones de personas consumieron drogas en 2023, lo que equivale a cerca del 6 % de la población mundial de entre 15 y 65 años. El consumo de cocaína, opioides y drogas sintéticas alcanza niveles históricos y se extiende a todos los continentes.

América no escapa a esta realidad. Mientras Estados Unidos y Europa concentran buena parte de la demanda, América Latina sigue siendo el principal escenario de la producción y del tráfico. Esta combinación —consumo sostenido en el norte y oferta concentrada en el sur— alimenta un circuito que se reproduce año tras año, más allá de cambios políticos o discursos oficiales.

Administración actual de la SENAD al mando de Jalil Amir Rachid Segovia (De la Izq.).

La demanda que sostiene el negocio

El consumo en los países desarrollados continúa siendo uno de los principales motores del narcotráfico global. En 2023, la producción mundial de cocaína superó las 3.700 toneladas, un récord que demuestra que el mercado ilegal no solo persiste, sino que se expande.

En Estados Unidos, la crisis de los opioides sintéticos, especialmente del fentanilo, provoca desde hace años más de 100.000 muertes anuales por sobredosis, una tragedia de salud pública que expone el fracaso de las políticas de prevención y tratamiento. En Europa, el aumento del consumo de cocaína y drogas sintéticas es igualmente evidente, al punto de que su presencia se detecta de forma sistemática en aguas residuales de grandes ciudades.

Desigualdad social, exclusión, crisis económicas, deterioro de la salud mental y respuestas estatales insuficientes conforman un caldo de cultivo que sostiene y profundiza la demanda.

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Tráfico y producción: viejos problemas, nuevas formas

El narcotráfico no es un fenómeno reciente ni responde a una sola ideología. Ha atravesado dictaduras y democracias, adaptándose a cada contexto. Paraguay lo conoce desde hace décadas. Durante la dictadura de Alfredo Stroessner, el país ya integraba rutas clandestinas hacia Europa y Estados Unidos, en el marco de la llamada “Conexión Latina”. Hoy, aunque los métodos se hayan sofisticado, las rutas persisten.

La cocaína producida en Colombia, Perú y Bolivia continúa fluyendo por tierra, ríos y puertos hacia mercados internacionales. A esto se suma la expansión de drogas sintéticas, más baratas, más potentes y más difíciles de rastrear, que multiplican las ganancias del crimen organizado.

Puertos europeos como Amberes o Rotterdam se han convertido en nodos clave del tráfico internacional, una señal clara de que la demanda sigue intacta.

Cargamento incautado por autoridades paraguayas. Foto: Gentileza.

Paraguay: un eslabón clave y vulnerable

Paraguay ocupa un lugar estratégico en este entramado. Es señalado históricamente como uno de los principales productores de cannabis de Sudamérica, con cultivos concentrados en departamentos como Amambay, Canindeyú y Caaguazú. Su ubicación geográfica lo convierte, además, en un corredor logístico para el tránsito de cocaína con destino a Europa.

Las incautaciones recientes —como las más de cuatro toneladas de cocaína ocultas en cargamentos de azúcar con destino a Bélgica— revelan tanto la escala del negocio como las debilidades institucionales que lo permiten: corrupción, controles insuficientes y presión de organizaciones criminales.

El impacto también es interno. En Asunción se estima que unas 22.000 personas padecen adicciones, muchas de ellas jóvenes, lo que evidencia que este problema no solo se exporta, sino que se vive cotidianamente dentro del país.

Fuertes operativos durante la administración del gobierno anterior permitieron incautar grandes toneladas de drogas en Paraguay. Foto: Gentileza.

Un desafío que exige algo más que discursos

El narcotráfico y el consumo de drogas no son una cuestión lejana ni abstracta. Constituyen un sistema global que destruye vidas, erosiona instituciones y fractura el tejido social. América Latina sufre con especial dureza las consecuencias de quedar atrapada entre la producción, el tránsito y la violencia asociada al negocio.

Mientras algunos gobiernos utilizan el discurso antidrogas como argumento geopolítico, la verdadera batalla se libra en las calles, en los barrios y en las familias, donde la adicción y la falta de oportunidades hipotecan el futuro de generaciones enteras.

Paraguay enfrenta el desafío no solo de combatir el tráfico, sino de enfrentar la complicidad, la corrupción y la ausencia de políticas públicas integrales. La pregunta de fondo no es solo cómo frenar el flujo de drogas, sino cómo construir sociedades donde ni la producción, ni el tráfico, ni el consumo sean el destino inevitable de millones de personas.

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